Alguno pensará que exagero, y que estoy caricaturizando mi comunidad para que la de Aquí no hay quien viva parezca más real que la mía. Pero no chicuelos, todo lo que os cuento es verdad verdadera. Pongámonos al día con mis vecinos que ya conocéis: La loca de abajo que grita cuando hablamos a cualquier hora del día, las chinitas pajeras del piso de alquiler, la gran Supremme de Luxe, el borracho del quinto, la de Béjar marujona, la ex presidenta y delatora de las chinas pajeras y Clementina.
Hay cinco plantas en mi bloque, de modo que aún os quedan muchos vecinos por conocer. Y hoy os tengo que hablar de la que vive a mi lado, que yo pensaba que era semi normal pero ya le voy encontrando taras. Es sudamericana (latina, chiwi, chipi… como queráis llamarlo). Lleva cinco años en España y aquí tiene una niña, que es una ricura pero más pesada que un pié, porque siempre que te ve te dice Hola, tú respondes Hola, ella dice Hola, tú respondes hola… y así te puedes tirar 3 horas porque otra cosa no te dice. Mi vecina dejó en su país a su hijo, al cual conozco por una gran foto que tiene en su salón y al que espera poder traer pronto. No es que yo cotillee su salón, es que se pasa el día con la puerta abierta y se ve cada vez que pasas. Vive de alquiler, compartiendo piso con una pareja de colombianos que son de traca, porque ella es rubia y pálida, más parecida a una rusa que a una colombiana y es una sinpapeles que no se atreve a ir la Puerta del Sol por si le piden documentación. El otro día, esta colombiana camuflada en rusa, nos sacó un graaan catálogo de uñas. Nos dijo que ella se dedicaba a eso, a hacer las uñas, y nos quisimos quedar muertos porque se debe pensar que somos Drag Queens y necesitamos de sus servicios para que nos ponga florecitas en las uñas.
Mis ventanas interiores dan al mismo patio que el baño de esta vecina. Y el otro día oímos gritar a la niña desde el baño. Llamaba a su madre: “mamaaaa abeeee”. Como Pedro Picapiedra a Wilma, pero más jevy. Yo estaba asustadito, porque no os imagináis el eco que hace un patio interior y los pulmones que tiene la jodía niña. La madre estaba en casa, no sabemos haciendo qué, pero lo cierto es que había encerrado a la niña en el baño. ¡La había secuestrado en su propia casa! Tremendo. A lo mejor era para que la niña hiciese caca, aunque en esos momentos preferimos pensar mal y llegar a la conclusión de que había encerrado a la niña para echar un kiki.
Esta misma vecina se pasa el día con la bachata puesta, y la vieja de enfrente, que ya no pertenece a nuestro bloque pero compartimos patio, está desquiciada y se pasa el día gritando: “¡¡Qué te calleeesss, que la fiesta ya ha terminadoooo. Menuda educación le das a tu hijaaaa. Hay que veerr, no se le oye a nadie más que ellaaa!!”. Os lo aviso desde ya. En próximos capítulos os contaré que me he liado a gritos con esta señora, porque ella, y su marido, molestan más con sus gritos que la bachata de mi vecina. Anoche no salí a cantarle las cuarente porque estaba en calzoncillos, y aunque yo no sea Mister nada, todavía se me puede mirar, y no quería yo que se emocionara en demasía.
Antes de irme, os cuento que ayer estuve en Colby, en la Calle Fuencarral, y me tomé un granizado de fresa divino. En realidad de cuatro que íbamos sólo me gustó a mí, pero yo creo que los raros son los otros 3, porque estaba bien rico. Si pasáis por allí y os apetece, hay de muchos sabores, y los puedes combinar de dos en dos. ¡Qué innovadores!
Nada más chicuelos, que voy a ganarme el pan.
Muas por mil.
Jose Antoral. 2009